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Ojo conmigo

In indiscutibilidad, lenguaje, palabra, poder on 3 septiembre 2008 at 11:03 am

Desconfíen siempre de un autor de «pecios». Aun sin quererlo, le es fácil estafar, porque los textos de una sola frase son los que más se prestan a ese fraude de la «profundidad», fetiche de los necios, siempre ávidos de asentir con reverencia a cualquier sentenciosa lapidariedad vacía de sentido pero habilidosamente elaborada con palabras de charol. Lo «profundo» lo inventa la necesidad de refugiarse en algo indiscutible, y nada hay tan indiscutible como el dicho enigmático, que se autoexime de tener que dar razón de sí. La indiscutibilidad es como un carisma que sacraliza la palabra, canjeando por la magia de la literalidad toda posible capacidad significante.

Pero a la esencia de la palabra pertenece el ser profana. Es lo profano por excelencia. Por eso mismo la sacralización es el medio específico adoptado por quienes quieren ampararse en ella, o sea —y aunque a primera vista parezca lo contrario—, defenderse de ella. La palabra sagrada ya no dice, no habla, no es más que letra muerta, voz muda, signo inerte; la sacralización sumerge toda la luz de significación en las tinieblas de la mera materia gráfica o sonora: materia ciega, pero segura y firme como un noray de amarre inconmovible.

La palabra sagrada apaga toda virtualidad significante para adquirir poder performativo: no busca ser entendida, sino obedecida; de ahí que haya de ser siempre literal, como un «abracadabra». Por mucho sentido con que lo embutiera el sínodo que lo fijó en Nicea, también el Credo fue erigido en palabra sagrada. Todo el vigor de su función significante se desplazó a favor de su poder performativo en su valor de «símbolo de la fe», o sea de credencial de integración y pertenencia, como lo muestra esa reunión de exigencia de rigor en cuanto a literalidad y una total indiferencia en cuanto a comprensión: No hace falta entender, basta acatar.

Rafael Sánchez Ferlosio

Veracidad y realidad

In historia, Imagen, poder on 5 agosto 2008 at 11:14 pm

Paul Strand, Blind, 1916

Habría que esperar hasta el siglo XX y el período de entre guerras para que la fotografía llegara a ser el modo dominante y más “natural” de remitirse a las apariencias. Fue entonces cuando pasó a sustituir a la palabra como testimonio inmediato. Fue éste el período en que se creyó en la fotografía como el método más transparente, más directo, de acceso a lo real: el período de los grandes maestros testimoniales del medio como Paul Strand y Walker Evans. En los países capitalistas fue éste también el momento más libre de la fotografía: se había liberado de las limitaciones que imponían las bellas artes para convertirse en un medio público que podía ser utilizado democráticamente.

Sin embargo, este momento fue breve. La misma “veracidad” del nuevo medio dio paso a un uso deliberado como medio de propaganda. Los nazis fueron los primeros en emplear sistemáticamente propaganda fotográfica.

John Berger